Huellas sobre la nieve

Por Jorge Díaz Bustamante


... un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.
"inmaculada decepción"


Chumangos es el nombre común y de cierta manera peyorativo, que se les da a los habitantes de Punta Arenas, o más bien a la persona nacida en Punta Arenas. Es también el título de un volumen de cuentos, que pertenecen al prolífico autor magallánico, Ramón Díaz Eterovic, sí el mismo de la saga del detective Heredia.

No existe una acepción correcta de la palabra chumango, de hecho existen varias versiones, como anécdota entregamos una que leímos hace mucho tiempo. Dicen que ocurrió en la estancia Oazy Harbour. Un airado capataz, de origen inglés, habría ordenado a uno de sus peones “You man go”. Al consultar a sus compañeros qué había dicho el gringo, el trabajador respondió: no sé algo así como Chumango.

Sabíamos de la existencia de este libro, sin embargo nunca lo tuvimos a la vista. No habíamos leído ningún comentario en la prensa escrita. Las noticias recibidas eran de aquellas largas conversaciones sostenidas en casa del poeta Hugo Vera Miranda, por tanto, a nuestro entender, pasaba ser uno de los tantos libros ficticios publicados por autores magallánicos, que ya deben sumar un centenar.

Por eso es que, para nosotros, fue una gran sorpresa encontrarlo en un escaparate de una pequeña librería de Puerto Natales. La amable librera entonces no debe haber entendido un carajo mis expresiones de júbilo, al encontrarme con este volumen de textos, del que para ser franco dudaba de su existencia. La alegría, para que los lectores entiendan, es como cuando ganas una difícil partida de truco, o cuando te alzas con todas las bolitas en un juego de la “hachita y cuarta”.

Ramón Díaz Eterovic, nos revela un volumen de cuentos que consta de 8 relatos, todos ambientados en la Patagonia; “En la bahía recalaban vapores que traían mercaderías europeas y se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puerto a ver como trabajaban los estibadores. Los nombres y banderas de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, como del que llegó tu abuelo materno, con la esperanza de hacerse la América con el mentado oro de la Isla de Tierra del Fuego”.

En apretadas 100 páginas el autor nos presenta un nutrido volumen de cuentos: “El regreso”, “El minuto feliz de Largo Viñuelas”, “La última aventura”, “Costumbres familiares”, “Mi padre peinaba a lo Gardel”, “Largas noches de hospital”, “En el corazón profundo de la noche” y “Crónica roja”. Los personajes trasuntan y trascienden al paisaje magallánico; está presente el abuelo croata de siniestro pasado, el desgarbado y querible Viñuelas, “porque a pesar de su porte cercano a los dos metros y de sus brazos extensos, como los tentáculos de un pulpo”, permanecía como suplente del equipo de sus amores. Del viejo pícaro, don Gaspar, del que “se hablaba con respeto y las anécdotas que él había protagonizado siempre tenían un trasfondo de ingenio o pillería usada en buena ley”. Está también Gatica, “la voz que acaricia y asombra”, un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.

Muchas de estas narraciones estaban en el imaginario colectivo austral, eran comentarios obligados en tertulias de amigos y compañeros, que compartiendo un buen asado y un trago de vino, se despachaban un relato fronterizo entre la fantasía y realidad. “Los cuerpos de Dollenz y Valcarce nunca fueron encontrados y sobre la caja fuerte extraviada comenzaron a tejerse una serie de leyendas. Que habíamos alcanzado a dejarla en una isla, que nunca la sacamos del pueblo. Fábulas, simples fábulas…” Nos señala en “La última Aventura”. Así desarrolla una vieja historia en la zona de Última Esperanza que tiene numerosas variantes y hoy día se plasma en letras de imprenta.

Se trata de un volumen de cuentos muy cercano, historias recientes que abarcan el entorno de nuestros abuelos y nuestros padres. En el que nos vemos reflejados como en un espejo. La vida cotidiana, las tradiciones y las costumbres, como así también la tragedia, el aislamiento y la soledad son los motivos que mueven estas páginas.

Nos vamos a detener en el emotivo relato “Mi padre peinaba a lo Gardel”; “Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de quehaceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, como alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas teníamos una visión borrosa, esbozada en las anécdotas que recreaba de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distanciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café”. De manera casi autobiográfica Díaz Eterovic, nos cuenta los primeros afanes literarios y la importancia de la aprobación de su padre en el oficio de escribir. El viejo sin mayores expresiones, le compra una máquina de escribir y le regala un ajado volumen de cuentos de Jack London.

Luego viene el éxodo, la larga peregrinación de los magallánicos de antaño, para estudiar en otras latitudes para forjar su futuro. Las comunicaciones por carta con el terruño familiar. En esos tiempos, la palabra escrita, era el único medio de comunicación con nuestros padres, emociona entonces el adiós del joven escritor: “sus pasos dejaban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios comenzaba a escribir de aquellas cosas que nunca le dije”.

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Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano

Casas como dibujitos de techos rojos.
"inmaculada decepción"



Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano. Con muchos bares y jinetes que circulaban con pistolas al cinto. Se veían películas mexicanas, se escuchaban rancheras y también mucha gente con sombreros. Con sombreros mexicanos. En noches tranquilas íbamos por ahí, por fuera de las casas, escuchando lo que se tejía dentro de ellas. Nos enterábamos de muchas historias, algunas se pueden contar.

Las maderas de las casas eran delgadas. Se veían circular a los trabajadores con un cordero al hombro. Mucha gente circulaba con una o más centollas rumbo a su hogar. Los mineros que iban a trabajar arriba de camiones a RíoTurbio. Casas como dibujitos de techos rojos.

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La casa de la infancia del Che

Por Ramón Díaz Eterovic


En la primera sala están sus objetos de la infancia.
"inmaculada decepción"



Es temprano cuando abordamos con el escritor Bartolomé Leal un destartalado bus que nos llevará a Alta Gracia, ciudad ubicada a 39 kilómetros de Córdoba, en la que Ernesto Che Guevara pasó varios años de su infancia por voluntad de sus padres que buscaban una cura para el asma que lo acompañaría hasta el último de sus días. Alta Gracia es una ciudad tranquila y hermosa, con abundantes parques y naranjos que crecen en las veredas. Sus casas, antiguas y nuevas, delatan el buen pasar de la mayoría de sus vecinos; y muchas de ellas son verdaderas joyitas arquitectónicas que invitan a ser observadas con atención. La ciudad, además de un casino moderno y amplio, tiene varios atractivos históricos que atrae a los turistas; entre ellos una antigua estancia jesuítica y la casa donde vivió el compositor Manuel de Falla cuando salió al exilio después de la derrota de los republicanos en la Guerra Civil Española de 1936.

Al finalizar el viaje, descendemos del bus y caminamos una decena de cuadras hasta llegar a la Casa del Che, construida el año 1911 por la Compañía de Tierras y Hoteles. En esa casa vivió el pequeño Ernesto, desde 1935 hasta 1937, y de 1939 a 1943. La casa, pintada de blanco, tiene una terraza en la que se ve una escultura del Che niño, sentado sobre una baranda de concreto. La escultura muestra a un niño de pantalones cortos y con una mirada profunda que parece estar observando más allá del jardín.

La casa cuenta con una docena de habitaciones en la que se presenta una pequeña y ordenada muestra de fotos y objetos que recorren distintos momentos de la vida del guerrillero. Es una exposición que respeta la intimidad de la casa, sus rincones hechos para la vida familiar, los objetos que sobreviven acariciados por los años y los rayos del sol. En la primera sala están sus objetos de la infancia. Dos triciclos, una cama pequeña, juguetes, un escritorio de madera, y sobre éste las primeras lecturas del Che: Mark Twain, Edmundo De Amicis y Emilio Salgari, entre otros autores que alentaron el hábito lector que lo acompañó toda su vida. Todos publicados en la colección Robin Hood, con sus características portadas amarillas. “La madre es quien le enseña a leer porque no puede ir a la escuela (…) a partir de entonces se convierte en un lector voraz” –señala Ricardo Piglia en su ensayo “Ernesto Guevara, rastros de lectura”.

 En otra de las salas, que lleva el nombre de su amigo Alberto Granados, encontramos una réplica de la moto que el Che usaría en su viaje por Latinoamérica, incluyendo parte del sur de Chile. Cuesta imaginar que un vehículo tan reducido haya podido transportar a dos personas por caminos de tierra y senderos perdidos en los mapas. En un recorte exhibido en una de las paredes de la pieza, leemos una noticia del Diario Austral de Temuco que dice: “Dos expertos argentinos en leprología recorren Sudamérica en motocicleta”. En esta misma sala se encuentra una parte de las cenizas de Alberto Granado. En otras habitaciones del museo, encontramos fotos que muestran al Che junto a varios líderes mundiales: Salvador Allende, Mao, Nazer. También algunos de sus cuadernos de viajes, lapiceras gastadas por el tiempo, una vieja mochila, cartas, documentos, su carné de médico. Llama la atención la letra diminuta y ordenada con la que escribía en sus cuadernos; y desde luego, su afán de registro, de estricta contabilidad de los hechos cotidianos.

En lo que alguna vez fue el baño de la casa, la foto de un Che de pocos años, sentado en su bacinica de loza, nos devuelve el tono familiar de la exposición. Es un niño, parece feliz y mira desafiante el ojo de la cámara. Un rato más tarde entramos a la cocina, dedicada al recuerdo de doña Rosario, la mujer que conoció a Ernesto Guevara cuando éste tenía cuatro años y ya sufría sus devastadores ataques de asma. Sobre una pared, los recuerdos de la nana: “Muchas veces lo llevé en mis brazos hasta su cama, porque no podía caminar (…) Él era un niño generoso, cuando compraba golosinas no eran sólo para él, sino para sus amigos y para los que trabajaban en la casa…”

Cerca del mediodía, la visita llega al patio de la casa. Un Che de bronce y a tamaño natural está sentado en un escaño. Parece disfrutar el habano que fuma. Unos pájaros se posan sobre las ramas de un árbol. Decimos adiós al Che y su casa de la infancia. No hay nada más por apreciar en el lugar y sus alrededores, salvo la tranquilidad del barrio que se huele en el aire.

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Poli

Por Ramón Díaz Eterovic

Poli Délano y Ramón Díaz Eterovic en Iguazú, Argentina, 1996.

Fue generoso hasta lo inimaginable.
"inmaculada decepción"



Numerosos amigos despedimos a Poli Délano en la Casa del Escritor y en el Parque del Recuerdo. Fue el último adiós a un escritor que supo atrapar en sus cuentos y novelas la esencia de personajes que transitaron por el optimismo de los años 60’, los años de la Unidad Popular, y el tiempo de la dictadura. Fue un indudable protagonista de la escena literaria chilena y latinoamericana desde que publicó su libro de cuentos: “Gente solitaria”. Asistente frecuente a encuentros, presentaciones de libros, lecturas públicas y todo tipo de actividades que permitían reunirse con sus pares y sus lectores. Dirigió talleres en los que se formaron varias camadas de escritores, organizó antologías en Chile y el extranjero, difundió la literatura chilena como pocos en incontables crónicas, ejerció la presidencia de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue un escritor que no esquivó el compromiso político en ninguna circunstancia y eso le valió varios años de exilio y la marginación de reconocimientos que sin duda merecía por su amplia y valiosa obra literaria.

Para muchos de los que éramos jóvenes escritores en los años setenta del siglo pasado, Poli Délano era un autor que leíamos con entusiasmo. Nos gustaban sus cuentos llenos de vida y autenticidad. Desgraciadamente, al menos en mi caso cuando pude viajar a Santiago, Poli emprendía un largo exilio de catorce años, la mayoría de los cuales vivió en su querido México, donde en estos días lo han recordado con sentidas columnas y crónicas. Debí conformarme con leer su relato de viaje “Lo primero es un morral”, su novela breve “Cuadrilátero”, los cuentos de “Vivario”, “Cambio de máscaras” (Premio Casa de Las Américas), y “Los mejores cuentos de Poli Délano” que publicó Zig Zag. Más tarde, en el año 1984, tuve la ocasión de conocerlo y encontrar a un escritor que se parecía a muchos de los personajes de sus cuentos: tenía una fuerza creativa a toda prueba, le gustaba compartir con sus amigos, tenía un notable sentido del humor y unas ganas de vivir a toda prueba. Lo conocimos, y más que hablarnos de su obra como hacían otros escritores mayores, se interesó por conocer y estimular lo que hacíamos los jóvenes. Fue generoso hasta lo inimaginable. Nunca escatimó un prólogo para un libro ni su tiempo para estar en las presentaciones de los mismos. De su mano conocimos a muchos autores que él nos recomendó leer o nos presentó en algún encuentro dentro o fuera de Chile. Fue el maestro de carne y hueso que muchos necesitábamos y sobre todo un amigo constante que se interesaba por lo que estábamos escribiendo, por lo que leíamos, por nuestros hijos y nuestras compañeras. Se podía confiar en él a todo evento y por eso para muchos, entre los que me incluyo, era nuestro Poli.

Tuve la fortuna de ser su amigo. De compartir tardes y noches de copas en las que invariablemente terminábamos discutiendo sobre las bondades de un Roberto Goyeneche o un Edmundo Rivero. Poli era una enciclopedia en muchas materias; autores y libros desde luego, tangos, cine, boleros y corridos mexicanos. Compartimos viajes, entre los que recuerdo dos a México y otro a España para participar en el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que organizaba Luis Sepúlveda. En ese viaje, y a propósito de un premio que me tocó recibir celebramos en la Plaza Mayor junto a mis editores de LOM, Diego Muñoz, Luisa Percket y Sonia González. Terminamos la celebración cantando la Internacional para asombro de no pocos españoles que a esa hora andaban de copas. Viajamos al encuentro que aun organiza Mempo Giardinelli en la ciudad argentina de Resistencia, y un día después del regreso de ese viaje conocí la desgraciada noticia del accidente que le costó la vida a su hija Bárbara. Creo que sólo un hombre con el coraje de Poli podía haber soportado un golpe tan brutal. Lo hizo con una entereza difícil de explicar, y a pesar de los pesares, siguió adelante, con el corazón quebrado pero siempre aferrado al dulce misterio de vivir.

Poli fue un escritor a tiempo completo y sólo nombrar los títulos de sus libros ocuparía al menos un par de carillas. Era un dios Midas que convertía en literatura todo lo que vivía. Todo le servía: un buen chascarro, una persona que conocía al azar, sus experiencias políticas y amorosas, sus recuerdos más vitales, como los de sus estudios en el Pedagógico que le sirvieron para escribir una de sus últimas novelas: “Un ángel de abrigo azul”.

Han pasado algunos días y cuesta hacerse a la idea de que Poli no está a nuestro lado. A ratos dan ganas de pensar que sólo anda en uno de sus habituales viajes y que uno de esto días llamará para concertar una cita y beber ese penúltimo whisky al que le escribió el poeta Horacio Ferrer en uno de sus tangos, y que esta vez, y por primera vez, quedará sin beber. Nuestro Poli se fue. Nos queda el recuerdo de un escritor y un hombre singular al que tuve el privilegio de conocer: un maestro en el siempre difícil arte de vivir y escribir.

 Columna publicada anteriormente en la Revista Punto Final N° 883, septiembre de 2017.

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Me dan miedo los veganos

Por Miguel Mazzeo


Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto.
"inmaculada decepción"



Sospecho de los veganos. No puedo evitarlo. Me he dedicado a observarlos con detenimiento y trato de conversar con ellos cada vez que se me presenta la ocasión. En verdad me interesa ahondar sobre su condición, la que suelen vivir con predisposición de iniciados, no exenta de rasgos apostólicos.

No todos recurren a las conceptualizaciones imperfectas y de bajo nivel explicativo. Por mi pasión por el asado, las empanadas, el locro, el puchero de codillo, los frutos del mar, los salamines, el queso, el chupe de guatita, el curanto, el pozole estilo Jalisco, el mole de olla y un largo etcétera, algunos me han “corrido por izquierda” y con argumentos relativamente sofisticados.

Me dicen que mi posición “especista” se eslabona mecánicamente con el machismo, el capitalismo, el imperialismo y el colonialismo; que comer carne, indirectamente, me convierte en defensor de la trata de personas, aliado de proxenetas y traficantes de órganos; que soy un criminal, un ser de mierda. No les creo demasiado. Tengo la sensación de que exageran un poco. Sigo escuchándolos y observándolos en silencio, mientras mantengo una absoluta disponibilidad para las hipótesis más desagradables sobre mi persona.

Cuando asocian nuestros hábitos alimenticios a un carácter criminal, cuando equiparan los mataderos de cerdos a los campos de concentración de los nazis, y así sucesivamente, yo no puedo dejar de percibir que la estructura de los veganos es fuertemente anti-hedonista y anti-erótica. Tal vez se trate de resabios de la moralina de algún credo, por aquello de que “la carne es pecaminosa”.

Minusválidos sensoriales por elección, los veganos están sometidos a un sistema de disciplina “espiritual”, por lo general sin autoridad divina, pero no por eso menos coactivo y represivo. En muchos aspectos ese sistema es más estricto que los que contemplan la intervención de autoridades divinas, porque es inflexible y no toma en cuenta la ética de situación. En concreto, veo que los veganos siguen el consejo de Epicteto: “sufrir y abstenerse”. Y a mí me parece que los veganos sufren. Sobre todo en las reuniones masivas donde se ingiere carne, en fiestas paganas y en otras instancias de comunión. O cuando deben rechazar un agasajo que, junto con la dedicación y el amor, porta alguna dosis de carne o de productos derivados de animales. No se trata de un sufrimiento inspirado en la compasión por las víctimas del reino animal. En verdad, me parece que no les importa demasiado la vida del chancho devenido jamón o chorizo, el destino de la vaca cuyos trozos se doran en la parrilla o la situación de aquella cabra, cuyas ubres fueron manoseadas para sacarle leche y hacer quesillo. Me parece que sufren porque una ideología les está matando una cultura (o, por lo menos, los resabios de una cultura).

A veces me dan miedo los veganos. En infinidad de casos he podido observar ansiedades paranoides, un permanente temor a contaminarse, a estar impuros. En ocasiones percibí, también, el sustrato de una estructura hipocondríaca.

Cuando un vegano posee una personalidad sádica, se convierte en un sujeto peligroso. Quiero decir: más peligroso que un sádico con otros hábitos alimenticios. ¿Qué opciones tiene de instrumentar su desequilibrio? Comer carne animal, tomar leche y deleitarse con sus derivados (además del queso: ¡dulce de leche!, ¡helado!, etcétera), puede ser una solución, pero esa alternativa, obviamente, está descartada para los veganos. Claro, no tengo porque asociar sadismo a veganismo, la combinación resulta fortuita. Pero, de todos modos, hay algo en el fondo que perturba, que “hace ruido”.

Consideremos el tema bíblico de Caín y Abel. Sabemos que Caín mató a su hermano Abel. Caín era agricultor mientras que Abel era pastor. Ambos le ofrendan a Dios sus productos, pero a Jehová sólo le agradan las ofrendas de Abel, unos corderitos espectaculares, alimentados con pastura natural. Caín se retuerce de envidia. Se enfurece cuando Dios le desprecia la cebada perlada. No soporta ser menospreciado por la autoridad. Un sacrificio exige dar lo mejor. Y lo mejor a los ojos de Dios era la carne. La evidencia muestra que a Dios no le gustan las galletas de algarroba, el tofu, etcétera Y entonces el vegano Caín, que nunca había destazado un animal, mata al carnívoro Abel achurando vilmente al propio hermano.

En muchas religiones, la supresión temporaria de la ingesta de carne (la cuaresma en el cristianismo, por ejemplo) se asocia a una situación transitoria de sufrimiento y de abstinencia. El sacrificio auto-inflingido es más bien simbólico y, sobre todo, un tributo a Dios. El ritual se completa con una celebración de la vuelta al tiempo de la vida plena: Chori y cerveza. Asado y Fernet. Buseca y vino tinto. Los veganos viven reprimidos en una cuaresma perpetua.

Los seres humanos no nos escaparemos jamás de los rituales sin consecuencias funestas.

Como el pobre Abel no tuvo descendencia, todos los seres humanos somos hijos del vegano Caín[1]. Hijos e hijas de quien reemplazó el sacrificio por el asesinato, el ritual por el crimen. Así nos va.

Además, el muy turro nos condenó a comer los productos de una tierra regada con la sangre de un fraticidio, a morar en las afueras del Paraíso, más precisamente en la región de Nod, al Este; a vivir con miedo a ser rechazados por la autoridad en lugar de enseñarnos a no tomarla en cuenta y “hacer la nuestra”.

El vegano Caín es el artífice de la mayor impureza, de la mayor contaminación.

Después llegó Monsanto a sumar su mierda.

Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, 20 de agosto de 2017 


 [1] No es descabellada la hipótesis que sugiere que el vegano Caín mató a su hermano carnívoro para que su estirpe tenga la exclusividad a la hora de poblar la tierra y crear la humanidad.

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Invitación a la presentación de libro de Juan Mihovilovich

"Espejismos con Stanley Kubrick"
"inmaculada decepción"

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Gonzalo Muñoz del Campo (Pac)

Banda de rock Vanal. De izquierda a derecha Gonzalo Muñoz del Campo (Pac), guitarra Maximiliano
Jagniaux, batería Víctor Hernández e invitado Hugo Vera Miranda.
El ángel de Puerto Natales.
"inmaculada decepción"



Es que no te lo podías imaginar. Un lugar tranquilo. No lo era tanto. Un lugar seguro. No lo era tanto. Un lugar magnífico. Y de repente nada. Toda la mierda del mundo concentrada a una cuadra del cuartel policial. A una cuadra de la gobernación. A una cuadra del municipio. A una cuadra del infierno. En el mismísimo infierno. La furia desatada. Incomprensible. Y le tocó a mi amigo. Le pudo haber tocado a cualquiera. Pero le tocó a él. Al mejor de la aldea. El ser más puro del planeta. El líder de una banda de rock. El chico que cuando perdía su equipo salía llorando de casa. El chico que durmió cien veces en Libertad 200. El chico que mirando el amanecer decía que la vida era hermosa. El chico que mientras mi madre agonizaba en el hospital de Puerto Natales, se presentaba a las tres de la mañana con café y empanadas. El chico que amaba a sus padres, a sus amigos y al Liverpool.

Y le tocó. Fue en la madrugada del maldito 8 de julio del 2017. Fue un descuido de dios. Seguramente dios estaba de franco, lo mismo que dos carabineros. También un guardia civil. Y le rompieron el cráneo y la vida. Y nos rompieron la vida a sus amigos. Aún hoy, no paro de llorar. No paramos de llorar. Lloraremos hasta el último día. Acto injustificable y bestial. Tres machos alfa premunidos de una furia desatada, nos quitaron del medio a nuestro hijo, hermano y amigo. Y todo el clamor del mundo pidiendo justicia. Reparación. Justicia. Justicia. Justicia. Señora Justicia, si usted realmente existe, denos algo de su elixir. Y a la vida una explicación. Seguro que no la hay. No puede haberla. No la habrá.

Fue a una cuadra del cuartel policial. Mientras mi amigo Gonzalo Muñoz del Campo agoniza en el hospital de Punta Arenas, el comisario que lidera a sus subordinados, que debería protegernos, sigue estando allí. La vida tal cual. No ha pasado nada. Sigue estando allí. Aunque algo ha cambiado. Veo más carabineros en las calles. Seguramente lo hace para seguir protegiéndonos. ¡Vaya mierda!

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Relatos novelescos de Juan Mihovilovich

Por Diego Muñoz Valenzuela


Libro de Juan Mihovilovich


Coke Bottle


Estimo que conozco bien la narrativa de Juan Mihovilovich y probablemente algo menos al autor, lo cual no obsta para dar cuenta de una sólida y profunda amistad. Si no compartiera con Juan el credo de la dificultad para conocerse a uno mismo, y luego derivar de allí la evidente imposibilidad de conocer a otro, por más cerca que esté, no seríamos amigos, ni disfrutaría tan intensamente de su prosa reflexiva, aguda y penetrante.

De otra parte, la amistad entre escritores es bastante menos frecuente que el aprecio literario recíproco. Y suele ocurrir que la experiencia de conocer al autor -a la persona quiero decir- resulte decepcionante en grado superlativo. De ahí que pueda concluirse una suerte de máxima que reza: “no quiero conocer a más escritores, sólo quiero leerlos”.

Y digo esto para establecer que en este caso aplica la excepcionalidad que implica, desde quien habla, una altísima valoración del trabajo de Juan Mihovilovich, que se inició mucho antes de transformarnos en amigos. De hecho, recuerdo que experimenté temor cuando se dio la oportunidad de encontrarnos en la vida real y compartir un par de días. La amistad fue instantánea, probablemente porque fue la oportunidad de aquilatar una coincidencia de convicciones muy hondas acerca del ser humano y la historia de la humanidad.

Pero no se espanten, porque no pretendo abordar esta temática -imposible de agotar ni en una ni en varias vidas- sino comentar este libro singular en la trayectoria del escritor que nos reúne, ya singular en sí mismo, diferente entre los diferentes, dentro de la ya variada vertiente de la generación de los 80.

Sin embargo, la categoría de singular que atribuyo a este nuevo libro, dentro de la misma producción de Mihovilovich, no significa que contradiga las características o dimensiones de sus obras anteriores.

La prosa de nuestro autor siempre tiene al fondo, en la estructura misma de lo que nos relata, una reflexión penetrante, dura, dolorosa, exenta de cualquier concesión, consideración o prudencia. ¿Materias de la reflexión? Varias pueblan sus dominios: la naturaleza humana, el debate entre el espíritu y la carne, el deseo, la búsqueda de la trascendencia, la ambición por el poder, el crimen, los celos, la solidaridad, la codicia.

Otra dimensión: la puesta en escena de estas individualidades en la vida social: las instituciones gigantescas, kafkianas, abrumadoras que gobiernan nuestras existencias y conducen, o al menos regulan, el caudal de nuestras incontenibles pasiones dostoievskianas.

Una tercera dimensión: el dialéctico dilema entre cordura y locura, oposición que traspasa de manera bastante honda -aunque raramente esto se hable con franqueza- nuestra vida en comunidad. ¿Quién decide el límite entre la enfermedad y la salud mental? ¿Están los verdaderos locos, los más peligrosos, encerrados en las instituciones siquiátricas? ¿Estamos libres en las calles, o aquí mismo, en este acto, aquellos seres humanos que cumplen las exigencias de la normalidad sicológica o síquica?

Otra dimensión, que apela no sólo a la forma, sino al fondo, es la tonalidad poética que estructura la prosa de Juan. Más allá de sus incursiones tempranas en el ámbito de la poesía, nuestro autor es un lector recurrente de ese género. Y lo practica dentro de su propio trabajo narrativo, mediante una eficaz técnica de infiltración gradual o mediante explosiones focalizadas. Importante aprovechar de destacar que entre los narradores de los 80, la lectura de la poesía es muy importante, muy respetuosa, seguramente porque al fin y al cabo la literatura es una sola materia, continua y diversa a la vez, dentro de la cual nos hemos encargado de establecer límites, por decir lo menos, arbitrarios.

He nombrado cuatro dimensiones, para mí las más importantes. En todas ellas me siento coincidente, no en la forma, sino en el fondo. Y esto ocurre con otros autores presentes, por ejemplo, con la querida Lilian Elphick. Esto ocurre porque la humanidad resulta ser el centro fundamental de la obra narrativa, en una época de enormes y turbulentos conflictos que nos exponen a situaciones y amenazas terribles, que ponen en duda acaso la condición humana permitirá sobrevivir a este maremágnum de intereses, poderes, ambiciones y fuerzas en creciente contradicción.

Esta es la materia esencial de este libro, insisto con este adjetivo, singular.

Singular, porque desde el título, o desde la portada, nos interpela de una manera extraña, que anuncia el abordaje de un misterio que probablemente no se podrá resolver, al revés que una novela policial de enigma. ¿Qué une, más allá de la evidente semejanza física, al cineasta (uno de mis predilectos) y al escritor? Creo haber expresado ya los fundamentos de esta conexión. En esencia, la actitud de proponer preguntas, más que responderlas. ¿Cuál es el significado del monolito en 2001 Odisea del Espacio? ¿O del feto enorme flotando en el espacio? Es uno quien debe aventurar sus propias respuestas.

Otra singularidad, expresada en el subtítulo, relatos novelescos. ¿A qué puede responder esta categoría? Tras mi lectura atenta, aventuro una respuesta. Usted dará la suya propia. El nombre sugiere una criatura a medio camino entre el relato y la novela; por ejemplo, un conjunto de relatos que leídos en secuencia y vistos en conjunto conforman una novela. Los relatos vienen a equivaler a capítulos que pueden leerse en forma autónoma.

Bueno, para mí resulta ser una novela. Hay capítulos que brillan con luz propia, pero eso ocurre con muchas otras novelas. Sin embargo, este asunto, la verdad, no hace diferencia alguna para la lectura. La clasificación taxonómica es un distractivo de lo esencial. Queda como tarea para los estudiosos, los entomólogos de la literatura. Ergo, le estoy recomendando a usted, apreciado lector, no haga caso de tales fuegos de artificio.

Lea esta obra; a todas luces saldrá ganando en el saldo final, sobre todo porque tendrá más preguntas que respuestas. Y de esto trata la mejor literatura, de remover la condición humana con sismos profundos, ancestrales, que arrastran a la superficie los misterios que nos son consustanciales.

Simplemente Editores. 144 páginas. 2017.


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