Llueve

Sé que vivo una época totalitaria y estalinista...
"inmaculada decepción"


Mi biografía no habla bien de mí. Lo acepto. Llueve. Ha llovido todo el día en esta puta ciudad. Con una copa de vodka me afeito. Con otra copa me lavo las axilas y con otra copa me lavo las bolas. No soy bienvenido aquí ni en ninguna parte. Lo merezco. Me fumo un porro con la chica más linda del lugar. En verdad que la chica más linda del lugar es un incordio. Me importa una mierda su hermoso coño. Sigue lloviendo. Ha llovido todo el puto día.

Pero debo ser bueno. Eso sí. No odiar a los blancos, los amarillos y los negros. No escribir en mi Facebook: ¡Muerte al Dalai Lama! ¡Viva Pac! Me importa una mierda su hermoso coño. Sería castigado y mi biografía no hablaría bien de mí. Pero ya nada importa.

Mi biografía no habla bien de mí. Sé que vivo una época totalitaria y estalinista, que al menor atisbo de discordancia, seré castigado. Debo ser bueno y hacer y decir lo correcto. Y no lo hago. No lo digo. Voy a contracorriente de este mundo de mierda. Y llueve. Ha llovido todo el día en esta puta ciudad.

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Para ella

Te quiero fulminantemente.
La vida se ha complicado sin ti.
No hay manera que no me recuerde de ti.
No hay frontera que me aparte de ti.
Y nada.

Pienso en ti.
En los momentos aciagos y en los grandes momentos.
Te quiero y siempre te querré.
Y nada.

Eso solo quería decirte y nada.
Y nada, nada más.
Eso solo quería decirte.

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El detective Heredia: de Díaz Eterovic

Por Colomba Orrego Sánchez

Detective Heredia. Ilustración de José Huichamán Estay.

... me topé con las novelas de Díaz Eterovic.
"inmaculada decepción"


A las novelas de policial negro de Díaz Eterovic, volví hace algún tiempo cuando recobré la memoria al ver la portada de “Los fuegos del pasado”, en una vitrina de LOM Editores. Y es que no están para saberlo pero yo sí para contarles, que los libros de Eterovic, fueron en un tiempo lejano, mis compañeros de velador.

Volver a encontrármelos, fue un palmetazo de recobrar la memoria por algo que se quedó en el pasado. En un Déjà vu sin escalas, volví a viajar por las rutas de los recuerdos y me vi leyendo, apasionadamente, cada una de las aventuras del Detective Heredia.

Por cosas de la vida, mantengo a Chile guardado en un baúl, en donde los latidos salen con rumbo a México constantemente, y en cambio, a través de las letras de Eterovic, sumado a las peripecias del detective privado Heredia, más chilenos imposible, me confieso totalmente adicta.

Adicta desde aquella tarde en que acompañé a mi padre a uno de sus deleites: comprar libros. El destino fue la libreria LOM, que estaba dentro del Archivo Nacional. Y ahí entre bostezos de mi parte y muchas horas de mi padre hojeando libro tras libro, me topé con las novelas de Díaz Eterovic. Leí la contratapa de cada uno de los cuatro volúmenes que tenían y me encantaron, se los pedí a mi papá, quien generoso como siempre, me los compró todos.

Lo más curioso es que con la recuperación de la memoria a por mi pasión de las aventuras de Heredia, pensar que anduve vagando, viajando, por confines tan lejanos como Noruega, Suecia, Inglaterra, en busca de la literatura policial negra, olvidando que en este país existían estas entretenidas historias.

Desde el primer libro y hasta la fecha, he ensoñado con las aventuras del detective privado Heredia, que se convirtió en tal después de dejar la Escuela de Derecho, pese a que no le iba mal en los estudios y le bastaba calentar las pruebas el día anterior para obtener buena nota. Pero en algún momento, y a causa del asesinato de un compañero, comprendió que una cosa era estudiar Derecho en forma teórica y otra la aplicación de las leyes en la realidad.

Dejó la universidad y para ganarse la vida, se puso a trabajar como vigilante nocturno en un motel, donde conoció a un detective jubilado que solía contarle historias de su trabajo en la Policía de Investigaciones. Fue precisamente ese tipo el que lo animó a abrir una oficina. Al poco andar descubrió que era bueno para hacerse preguntas y meter la nariz donde nadie esperaba. Hay que tener paciencia y pensar en las cosas que nadie más repara, luego unir un cabo suelto con otro y zas capaz que resuelves el caso.

El Detective Heredia

Sus primeros casos fueron resolviendo embrollos menores, como robos, infidelidades y fugas de adolescentes. Cuando ya tuvo más experiencia se animó a comprar una placa de investigador privado y la puso en la puerta de su departamento. Y lentamente fueron apareciendo los clientes, hasta que la rutina más entretenida de la vida, se transformó en la vía para salir adelante, al menos, hasta que el aburrimiento no dijera otra cosa.

En esas lides me lo topé con las letras de Eterovic. Con la maestría que tiene en su escritura, en la descripción de ambientes, lugares, barrios, calles, perfiles sicológicos. Lugares como el barrio Mapocho, donde Heredia vive y hace amistad, con vecinos, locatarios, el quiosquero, el dueño del boliche en donde comía a veces y tomaba a diario.

Ese submundo rancio, sucio, que continua existiendo, entre medio de caserones que evocan la opulencia de tiempos pasados, hoy casi todos derruidos, convertidos en cité, vecindades de inmigrantes, como los de Avenida Recoleta, Independencia y Matucana.

Esos barrios, calles, sitios, que en lo personal, de día me gustan para pasear y mirar sus edificaciones ruinosas, visitar sus parques como el Quinta Normal, soñar con andar en bote, sentarme bajo la hermosa y frondosa sombra de algún milenario árbol, contemplar la vida de las personas que transitan por las calles, los que como yo esperan la micro, o entran al metro. Y en cambio de noche, por esos lugares, que me asustan y en los cuales no viviría a menos que fuera estrictamente necesario y muy acompañada.

Mapocho, Matucana, barrios, calles, lugares, San Pablo, Esperanza, que todavía tienen esa identidad, que lo son en toda su extensión y características. Barrios, comuna, calles, con todavía locales pequeños convertidos en abarrotes, panadería, sangucheria, de comida típica chilena, donde puedes comerte una buena cazuela de ave o de res, o quizás un pernil, un arrollado, la salchicha gorda, mientras tomas una cerveza, el tinto o blanco en tacita. O si no entrar a los locales de comida colombiana y peruana, que van sumándose por esas calles. Todo eso que es singular y característico, lo que va quedando de lo “chileno”.

Y de esas curiosidades de la vida, a través de esos escenarios un tanto mucho literarios en pluma de Eterovic, es que de tanto en siempre, retorna el erizamiento de la piel, de querer a ese Santiago, a esas otras ciudades de Chile, donde ocurren otras aventuras del detective Heredia. Aquello de sentir que tras terminar estas historias, reflexionar lo leído-vivido, experimentado, aprendido, soñado, surge un cariño inconmensurable por ese país, por sus calles, sus ciudades, por Heredia y sus principios.

 Eterovic, Heredia y yo

Es por eso que volver a encontrarme con Heredia y Eterovic, fue como toparme con un gran amor. De esos amores inolvidables, aunque en mi caso producto de la misma intensidad experimentada, por el gozo a lo vivido, experimentado y disfrutado… se me había olvidado. Olvidado a tal punto de salir en busca de novelas del genero policial negro, a otras latitudes, como Suecia, Noruega. Introduciéndome en sus mundos, vidas, muertes, investigaciones.

Sumar unas argentinas pensando en que la cercanía y el castellano ayudarían y los resultados no fueron demasiado óptimos. Sí en cambio con las letras de Colombia, en manos de Juan Gabriel Vásquez, mal me fue en Estados Unidos con Jonh Connolly, mucho discurso, existencialismo y poca acción en muertes por resolver. Y la desmemoria no me dejó recordar, a mi querido Heredia, a la pluma de Eterovic, a quienes tenía nada menos que frente a mis narices.

De las novelas de Eterovic, sobre el detective privado Heredia, puedo decir que me gusta de Heredia. Me simpatiza a más no poder que sea oriundo absoluto de Chile y que sus apasionantes casos por resolver, ocurran en una ficción que tiene tanto de realidad, de nacional, local, del acontecer político, como de ficción. Un poco como pasa con la literatura de Henning Merkell o con Jussi Adler Olsen, aquello que llaman “autores críticos” que en sus novelas, aunque sean ficción policial negro, sus personajes protagonistas, hablan criticamente del sistema económico, social y político nacional.

Desde el primer libro, me atrajo leer a Heredia, justamente esa característica tan propia de un personaje que parece real, como uno, a gente como uno, con los que nos rodeamos. Para aquellos que consideramos, sentimos y vivimos, un mundo donde el pasado no está pisado, aunque otros digan que vivimos “pegados en el ayer”. Porque esos nosotros como uno y como Heredia, seguimos buscando a la justa justicia. Y en esa realidad latente, que se mezcla con la ficción, crea historias basadas, muchas de ellas, en 17 años de cruda realidad.

Del personaje Heredia, me gusta ese perfil de quien va por la vida, con un punto de vista por delante, fuere este zurdo o diestro, pero que en todo su ser sale a la vista, porque las historias ficticias o no, uno sabe que están basadas en la cotidianidad del mundo. Como es el caso de la novela con la que nace Heredia y se da a conocer Eterovic: “La ciudad está triste”, publicada en 1987. En esta novela Heredia, va desenrollando una complicada madeja, metiéndose en el centro de la violencia y arrogancia de la dictadura. Marcela Rojas, la joven que acude a solicitar sus servicios, es el retrato interior de muchas mujeres que al lanzarse a la búsqueda de sus familiares desaparecidos, tiene que explorar los laberintos infernales de un régimen despiadado.

En la novela “Ángeles y solitarios”: por ejemplo la trama es la corrupción del poder y el tráfico de armas, que hace que tanto Heredia como los demás personajes que surgen, tengan una visión desencantada del mundo.

En “Los siete hijos de Simenon”: Heredia se ve enfrentado a esclarecer el asesinato de un abogado y tras esa muerte a desentrañar las turbiedades en el mundo de la construcción de un gaseoducto. Para la novela siguiente: “El ojo del alma”: El hilo investigativo lo entrega la misteriosa desaparición de uno de los amigos de la universidad de Heredia y de quien se sospecha pudo haber sido un informante, durante la dictadura de Pinochet.

Después en: “Nunca enamores a un forastero”: Heredia, recibe una carta de Severino Caicheo, antiguo compañero de universidad residente en Punta Arenas, quien es asesinado junto a una mujer, Doris Mollet. Ahí quedé viuda de letras, hasta que caen en mis manos: “Muchos gatos para un solo crimen”, que es la precuela de varios de los libros ya leídos. Y “Los fuegos del pasado”: En donde a Heredia le piden rastrear los orígenes de una persona que aparentemente nació en Villarrica pero ha vivido siempre en Santiago.

Para mi placer me enteré que me estaría faltando devorar “La música de la soledad”, “El color de la piel” y un listín de siete más, a lo que me aprontaré hacer próximamente.

Y es que realmente Heredia, no tiene nada que envidarle a nadie, es tan bueno, atrapa en las primeras páginas y uno ya sabe que se enfrenta a historias de calidad. Como me ocurrió con Jussi Adler Olsen de Noruega, Asa Larsson de Suecia, al igual que Merkell, entre otros.

Todos son de esos autores de policial negro, que saben enganchar al lector, envolverlo, para que no pueda detenerse en devorar página tras página entrometiendo las ñatas en un sin fin de secretos, aventuras. Realmente me saco el sombrero ante Eterovic y las novelas de Heredia, esa ironía tan suya, tan cléver, filosa, con la que nos cuenta del mundo que rodea a Heredia, sobre su entorno, de la sociedad, país, ciudad, que leyendo es imposible que al lector, no le suene más que conocido.

La atmósfera perfecta de ese Santiago bajo, que es Mapocho y sus alrededores y como dignamente refleja su decadencia, empobrecimiento arquitectónico, como el de quienes habitan esos espacios, otorgándole una identidad, para que el lector, en este caso hablo por mí, vuelva a sentir cariño por esa parte del país, esa gente, esas calles, parques, árboles. Aunque solo sea en versión literaria. No es normal, pero qué le voy hacer así soy lo que soy y creo que es tarde para querer o poder cambiar: pero logro querer, querer mucho a este país, a través de esa literatura. Al pasear a través de las páginas por esos lugares, con sus matices, muchos en tono gris y en donde solo ahí ocurre que las escorias terminan donde les corresponde.

Me pasa que me siento identificada con Heredia y al mismo tiempo enamorada. Enamorada de todo ese chilenismo que tanto detesto. A su falta de higiene personal, ese rostro que no existe pero que no puedo dejar de imaginármelo al son de Quintanilla y Hermosilla, con sus trajes nadando al cebo, en tonos gris opaco, no se sabe si por tiempo o por falta de lavado, gastados, envejecidos. Trajes más grandes que lo que el cuerpo necesita, quizás comprados en la ropa usada. Y pese a toda la descripción cero alentadora, lo quiero, me gusta con todo y su seguro aliento a varios grados alcohólicos. Aunque sea de los hombres que prefiere beber que comer y si llega a ingerir bocado, será una vez al día.

Un Heredia feo pero guapo, tincudo, a punta de ser frontal, directo, sin pelos en la lengua. Con un prontuario en materias amorosas y sin embargo con una mala suerte en esas lides, dejándose mejor acompañar por sus amigos-vecinos y por supuesto por Simenon.

 El gato Simenon 

El gato blanco, que entró por la ventana y se acomodó en el librero, ganándose el cariño del detective y el ser bautizado como “Simenon”, es un punto aparte en las novelas de Eterovic. Ese es otro detalle que hace de Eterovic y Heredia, realmente amables de amor, su amor por los animales. Y en la soledad del trotamundos, en el caso de Heredia, un día cualquiera sucedió que un hermoso y pulguiento gato blanco, entrara a su departamento. Al que llamó Simenon, porque cuando tras entrar, se acomodó sobre los ejemplares de Georges Simenon, las lecturas habituales del detective.

Así es como la relación de Heredia y Simenon va estrechando vínculos, al principio es el gato a quien este hombre solitario alimenta, le conversa, filosofea del mundo y sus circunstancias, se acompañan en largas horas de soledades, grados alcoholicos, libros, cigarro. Y con el tiempo, terminará siendo su conciencia, el Pepe grillo, con el que habla y el misifú responde.

Todas esas características transformadas en personalidad, hace de Heredia, una gran persona y un confiable detective. El que intenta resolver los casos, sin embaucar a los clientes. No todos los clientes son iguales, ya que a la legua se ve el que puede pagar más del que no. Para los desposeídos cobra 10 mil pesos diarios, más gastos de alimentación y transporte. Para los pudientes de 20 mil para arriba y si hay que viajar, ese gasto sumado al viatico corre por quien solicita. Como buen sabueso, ha ido armando equipo sin tenerlo. En base a las amistades, las buenas y sinceras amistades de la vida, suma un policía en ejercicio, otro en la PDI que de tanto en tanto intercambian información, dinero, una reunión para ir a la hípica y tomar hasta quedar dados vueltas. Y qué decir del apostador de caballos, que de tanto en tanto le entrega, a Heredia, fajos de a mil por las apuestas ganadoras y que de tanto en siempre, le ayuda a husmear en su mundo, dígase el hampa y el robo sistemático. A veces las investigaciones se transforman en tremendos casos, donde todo sale mal, todos mal parados, corre sangre y muere más de uno. Otros en que uno no lo pensaría pero se hace justicia.


Todos estos elementos son los que hacen de Heredia y Eterovic, una poesía que espero no volver a olvidar, cuando ande necesitada de mi género ensoñado, el policial negro.

Datología:

Qué: Heredia, de Díaz Eterovic.

Dónde: Librerías LOM – Moneda 650 y en Maturana 13, Santiago.

Precios: $9.000 y $15.000

Horario: Lunes a Viernes 10.00 a 19.00 hrs – Sábado 10.00 a 13.00 hrs.

Link: http://www.lom.cl

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El artefacto de mentiras

Por Robinson Vega Vera


... una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más,
"inmaculada decepción"


La lluvia azotaba los vidrios del taxi, así como luego azotaría los ventanales del aeropuerto. El chofer hablaba de lo terrible de las noticias, de la catástrofe que es la desaparición de un familiar, más de un niño, de lo que duele, de lo que se rompe, de lo que se pierde, del castigo que merecen los asesinos. Diego iba exhorto en las gotas que se deslizaban por el vidrio, en el modo en que estallaban al llegar al auto, y cómo se desplazaban lánguidas por la fuerza del movimiento y del viento. Sí, sí, claro, cómo no, evidentemente, cosas así creyó musitar, como intentando responder al entusiasta discurso del taxista. A quién le importa, al fin y al cabo, que se pierda un niño en la ciudad, cuántos se pierden a diario en todo el país, en el continente, en el mundo. Si se pierde una rucia de ojos azules todo el mundo se conmociona, cuando se pierde un negro o un indio nadie se entera. El taxista quedó mudo ante lo que le supo a una verdad siniestra e inapelable. Condujo en silencio el resto del camino. Dejó al pasajero en el aeropuerto y al despedirse

- Tal vez tenga usted razón en eso, de que cuando se pierden algunos, nada pasa, que cuando se pierden de los otros, queda todo patas pa’ arriba…

- Sí, pero siempre ha sido así – como queriendo nunca haber iniciado la conversación, parecía tan fácil haberse quedado en silencio, “mi gran bocota y yo” pensó.

- No tienen por qué mantenerse como están las atrocidades del mundo, digo. Pobre chico.

- Gracias. Ahí estamos – indicando el billete con la Gabriela Mistral estampada y haciendo un ademán de despedida.

- De nada, que tenga un buen viaje.

 Diego entró al aeropuerto a paso veloz, aunque no sé si tanto por el frío como por los deseos de irse, embarcó rápidamente, aún no se formaba una aglomeración para abordar el avión. Pasó a la sala de espera, algo que tendría que hacer con paciencia, pidió un trago, se sentó a esperar, mirar como la lluvia azotaba los ventanales del aeropuerto, el mismo que hace un mes lo había visto llegar por primera vez al Austro que ahora albergaba sus irascibles deseos de partir nuevamente al norte.

Armó maletas con la promesa de un trabajo, un reemplazo permanente en un colegio, ya había trabajado en uno de la misma red de establecimientos educacionales cosmodemónicos, sembrando el terror y la esquizofrenia en este país y en otros, por lo que no le costaría adaptarse. Arribó un martes de madrugada, sin haber logrado dormir en el avión. Bajó y partió a una hostal, la cual sería su centro de operaciones por los primeros días antes de encontrar un arriendo o pensión que se ajustara al presupuesto. En la hostal tomó una ducha, el desayuno y partió caminando hasta el colegio en cuestión. Era aún bastante temprano por lo que solamente apuraban sus ganas de empezar (las que eran directamente proporcionales al calor en invierno). Pasó frente al colegio, eran poco más de las siete y apenas habían unas cuantas luces encendidas, estaba oscuro y no parecía que fuese a amanecer pronto. Optó por no quedarse ahí parado ya se le congelaban los pies, las manos, la cara y la espalda, así que tomó rumbo hacia la costa. Llegó a una calle decorada de puro cemento que permitía la vista limpia y rasa de todo el borde costero –todo, o casi todo-, quiso tomar una bocanada del fresco aire marino pero fue como si un millón de hormigas entraran a su garganta repiqueteando todo adentro, sintió aún más frío, retrocedió nuevamente al centro de la ciudad, tomó rumbo norte, llegó hasta unas arboledas, a esa altura caminaba con las manos bajo las axilas, como abrazándose a sí mismo. Se devolvió hacia el sur, cruzó el centro que permanecía aún cerrado, todas las tiendas exhibían sus cortinas metálicas rayadas con grafitis que le eran ajenos, se entretuvo leyéndolos, desde conciertos, peñas, tocatas, campeonatos de básquetbol, fútbol, truco -¿truco?-, propaganda política, más bien anarquista, la cual logró hacerlo sentir como en casa, por diez segundos. Sin darse cuenta estaba frente a la hostal. Decidió entrar movido exclusivamente por el frío, era aún temprano, volvió a desayunar, esta vez solamente un café. A la media hora –tiempo suficiente para recuperarse del entumecimiento en las manos, de los mocos que brotaban desde su roja y adolorida nariz- estaba ya de vuelta frente al colegio, llegaban apenas los atrasados, ninguno muy angustiado, al parecer, con el paso calmo y cadencioso. Entró, esperó a que atendieran a los criminales que osaban llegar minutos después de sonado el timbre, una falta imperdonable cuando se la ha transgredido tantas veces.

Hola, soy el profesor Burgos. Así tendría que haber dicho, y le habrían contestado lo esperábamos con ansias. Pero lo cierto es que alcanzó a levantar un dedo, tomar aire y abrir la boca y en ese preciso instante un chamán de la red cosmodemónica lo interrumpió, saludando, interrogando superficialmente y verificando que, en efecto, era el profesor tan esperado, aunque era esperado con cierta indiferencia, como si no lo esperasen aún.

Pasó la mañana viendo las actividades en que se dejaban atrapar estudiantes y profesores con una entrega total, parecían convencidos por propósitos superiores a su existencia, la trascendencia de lo que hacían en esos momentos. Una verdadera guerra sin cuartel… entre las alianzas. Resulta que saldrían dos días antes a las vacaciones de invierno. Era martes y se disputaban la mayoría de los puntos de la competencia. El miércoles ya sería la premiación y el desayuno en cada curso. Diego Burgos, puedes quedarte aquí a romperte el lomo por estos niños, por el futuro de la patria, o pudrirte en un bar, para el caso era lo mismo. Eso fue lo que entendió de las amables palabras del rector. A lo que Burgos respondió con otras palabras muy amables, intentó quedarse pero tras unos breves minutos estuvo tan convencido de la inutilidad de la batalla por cambiar el mundo, ganándole a otras alianzas, que inventó una excusa para volver al día siguiente, a esa jornada de reflexión y evaluación. Tomó rumbo al centro nuevamente. Perdió la conciencia del tiempo y deambuló por toda la ciudad hasta convencerse de conocer todos los límites del centro y sus detalles, que para una ciudad tan pequeña parecían constituir la estructura básica e imprescindible de la misma, a ratos parecía un puerto con calles que descendían o subían, según la ruta que estuvieses llevando, en otros asemejaba una ciudad perdida en un valle, plana y estática. Notó que el sol se escondía por los cerros, lo que le hizo sentir un desarraigo profundo con ése paraje. Esto es otro país, por definición el sol se hunde en el mar y aparece por la cordillera, no puede ser de otro modo. Era el más discreto gesto de que todo era diferente ahí. Entró una o dos veces a algún café. Almorzó en un restaurante lleno de gringos (europeos, estadounidenses, asiáticos varios, brasileños, argentinos, gringos todos), se tomó una cerveza en otro restaurante. Caminó erráticamente hasta que anocheció de súbito, al menos ésa fue su impresión. Tomó rumbo a la hostal con el pánico de sentir que ya había conocido la ciudad entera, que había conocido la isla entera, el mundo entero, y ya no había ninguna sorpresa para él; era la desolación hecha urbe.

Al día siguiente, llegó a los desayunos y premiaciones, el jueves entró como un profesor más –eso era, al fin y al cabo- y participó silente de la jornada. Ya el viernes se respiraba algo distinto. Su segundo día discurriendo con personas cansadas y dispuestas a la destrucción, los planes conspirativos que se armaron en el colegio de la red cosmodemónica culminarían en bares cercanos, irían decayendo en reputación según fueran mermando los recursos del grupo y según se fueran retirando los integrantes más “decorosos” de la colectividad. Diego iba como uno más de la manada, el nuevo, el pajarito nuevo, el perro nuevo, el goma, el amigo de todos, el amigo de nadie. Partieron por un restaurante de nombre italiano en pleno centro de la ciudad, luego caminaron un poco más al sur, hasta un pub tan barroco como el italiano pero con tintes más bohemios, la tercera escala fue en un local que tenía la patente de restaurante de turismo, lo cual era un vil eufemismo, era tan turístico como un McDonals en Nueva York, parte esperable del paisaje. Estuvieron ahí hasta pasadas las 3, cuando la veintena de hombres –mayoritariamente hombres, las mujeres que había apenas fueron hasta el restaurante italiano- pasaron a ser un grupo de cuatro borrachos alegres, entre ellos, D'Artagnan, Diego, que había caminado esas mismas calles con un tedio colosal, ahora las caminaba libre de ese peso.

 - ¿Y ahora? – Musitó uno, alegremente, al notar que no eran aún las cuatro

- Vamos al Fernandos – Expresó con seguridad y convicción otro
- Yapo, en qué topamos…

Diego a duras penas escuchó la conversación, distraído por la música y otras conversaciones, además de su incipiente borrachera. Afirmó estar medio escaso de dinero, lo cual fue refutado con inesperadas muestras de solidaridad. Pero no, compañero, cómo es eso, no nos insulte, aquí hoy usted es el invitado, sea bienvenido, hoy por ti, mañana por mí. Así lograron llevarlo, sin muchos forcejeos, al que resultó ser una casa de putas de lujo. Diego no alcanzó a terminar de entrar cuando vio enfermeras, policías, conejitas, colegialas, todas a niveles hollywoodenses, escasas en el cotidiano. Algo digno de mirar, contemplar a boca abierta.

Buena, Burgos. Lo vamos a pasar bien, ya se notó que eres uno de los nuestros. Por hoy, no te preocupes, yo invito. No te acostumbres eso sí. Dijo esto mientras estaban medio abrazados viendo el baile de una colegiala a la que le restaba desprenderse de una corbata para quedar totalmente desnuda. La conversación avanzaba al mismo ritmo que avanzaban los vasos –habría dicho copas, pero quién ocupa “copas”- pero retornaba constantemente a hablar de la bohemia local. La que en efecto resultaba ser bastante pobre. A pesar de eso, le decía Oyarzo, hay que saber encontrar, saber dónde ir para conseguir lo que quieres, por ejemplo aquí es solo para recrear la vista. Hay lugares donde encontrarás negras, otras negras, negras más negras que esas negras que viste primero, podrás encontrar argentinas, jovencitas, jovencitos. Bustos quiso aparentar normalidad ante la última palabra que escuchó, la que fue pronunciada con una cadencia distinta, insidiosa.

Las visitas al Fernandos habrían sido cotidianas si no fuesen tan costosas. El tedio diario del invierno, el periodo de vacaciones convertían en necesidad buscar esos placeres, casi a cualquier precio. Al poco andar la semana, la primera semana aún de las vacaciones de invierno, Diego notó una severa merma en sus fondos. Tras asesorarse con el Oyarzo, empezó a visitar lupanares más accesibles a su presupuesto decreciente. Consulta que debió hacer dos o tres veces. Entrada la segunda semana, veía el abismo frente a sí. La quiebra. Empezó a sacar cuentas, calculó los gastos de su estada y no había solución más que endeudarse con un banco o con una tarjeta, pedir un avance para comprar lo necesario. Le quedaban poco menos de cien mil pesos.

Salió a caminar en un intento por dejar de pensar tanto, calcular y recalcular todo sin resolver nada. Llegó al Café Colonial –lo de café es un eufemismo- se sentó a la barra y logró entablar conversación con dos o tres parroquianos, que por lo visto eran casi parte del inventario del lugar. Conoció la ciudad desde otras perspectivas, más amables y etílicas, por supuesto. Llegó un punto en que decidió no gastar más, estaba a dos pasos de entrar a una economía de guerra y no quería precipitarse por una cerveza más. Salió del café y se quedó un momento parado, como decidiendo a dónde ir, miró el suelo, luego el cielo de la noche que parecía tiritar por el frío. Siguió el peso de la gravedad y caminó hacia la costa, donde bajaba el cerro, camino al casino de la ciudad. Bueno, si iba a meter la pata, habría que meterla bien, hasta el fondo, en forma irremediable. En eso pensaba a medida que caminaba hacia allá. Entró sin esperar nada, tal vez buscaba tocar fondo, es como ahogarse en una piscina, se mentalizaba, cuando pises fondo podrás volver a la superficie.

En el aeropuerto vio como un camión con comida obligó a retrasar el vuelo. Alguien calculó mal, el camión se ensartó en el avión. Escuchó por los altoparlantes que debido a un problema técnico se retrasaría el vuelo. Burgos vio in situ el problema técnico, a diferencia de la mayoría de los pasajeros que aún estaban en la fila chequeando sus pasajes; le pareció que cualquier cosa podía ser un problema técnico, todo, lo que sea, que aquel problema técnico era un eufemismo barato, una méndiga mentira, una más, una menos. Se dejó absorber por el intrigante modo en que pequeños detalles repercuten incalculablemente en lo que nos pasa. Se vio a sí mismo en los bares que frecuentó después de su mágica noche en el casino, entrando a prostíbulos cada vez más sórdidos. Se cumplió la segunda semana de las vacaciones de invierno, esperaba con ansias volver a hacer clases alguna vez, por lo que resultó ser una tragedia el descubrir que en la zona las vacaciones de invierno duraban una semana más que en el resto del país. Se abandonó a caminar, emborracharse, caminar, pasar por fuera del Fernandos y de ahí tomar conciencia y ahorrar yendo a lugares menos costosos, y menos glamorosos, claro, menos seguros, menos de todo.

Pasó así su última semana de vagaciones, hasta regresar con gloria y majestad a una sala poblada de inteligencias adormecidas. Vio en la primera fila a un chico menudo, de tez morena, solo un poco menos que su cabello. Había cuarenta sujetos más ahí, todos desconocidos menos él. Lo identificó inmediatamente desde uno de los lupanares que frecuentó en esa temporada invernal. Un fantasma frío y seco se desplazó desde la nuca hasta los talones, el recuerdo de ése delgado torso que se arqueaba al exhalar, desnudo retorciéndose entre sus manos, jadeando como una niña que descubre su sexo, presionando esos muslos contra sus piernas.

Después de clases, Diego se veía con Felipe casi a diario, se reunían en un callejón de la ciudad, en un auto que había rentado, tomaban la ruta hacia el sur, que era un espacio vacío y despoblado casi siempre. Diego sufría al verlo, sin poder acceder a él a su antojo como lo hiciera en las vacaciones. Empezaron a discutir, luego a pelear. Estar alejado de la ciudad y cercano al Estrecho de Magallanes propició lo que pasó finalmente. De entre los delgados y rojizos labios de Felipe emanó una respuesta visceral en forma de escupo ante una provocación infantil y desesperada del profesor, tal vez una propuesta insultante, o cualquier recurso último por mantenerlo cerca. Las manos de Diego, libres de todo juicio público, cobijadas en el anonimato impune, atinaron a abrazar el adolescente pescuezo de Felipe, sentía la misma libertad que cuando pagaba por coger, ya sea una negra, una negra más oscura, una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más, hasta que ya no quería otro sino ése, ése pendejo, ése pendejo que empezó a cobrarle un poco más, ése pendejo que de un día para otro lo buscaba a él también, ése pendejo que ya no le cobraba, ése pendejo que tenía entre las manos, tomado desde el cuello hasta lograr que sus ojos se opacaran, como si se secaran. Envuelto en pánico, le llenó los bolsillos con piedras, le metió piedras por la boca como si llenara un pavo. Procuró tomar todos sus objetos, la mochila y el teléfono que estaban en el auto. La mochila la llenó también de piedras y la amarró fuertemente al cuerpo que lanzó al agua. Volvió a la ciudad, condujo nervioso pero sin expresarlo a través del auto, la noche cayó como el final de un acto, justo a tiempo, como sincronizado para perderse entre las calles frías y paulatinamente despobladas, aun así sentía que todos los ojos lo buscaban a él, que lo perseguían a él, que le apuntaban a él, a él.

Que fue un cura, que fue una legión de curas, y uno de ellos en especial, el que se suicidó por el pérfido sentimiento de culpa, que la red cosmodemónica cobraba una nueva víctima, que fue una pelea de borrachos en la calle, que fue un problema técnico, o burocrático, que fue un guardia, que fueron los policías, un político, un directivo de una empresa estatal, un gerente de supermercado, de megamercado, de un hipermercado, que se escapó de la casa, de los malos tratos de un padrastro, que en casa lo golpeaban, lo dejaban como estropajo, lo violaban diariamente, lo dejaban como estropajo húmedo. Diego veía las gotas de lluvia descender por los ventanales de la sala de espera del aeropuerto, predispuesto a dejar su ausencia en ése lugar y llevarse todo lo demás, todo menos los diarios locales que deambulaban sobre las mesas, llenas de suposiciones e hipótesis rebuscadas y artificiosas, puras mentiras, pensó. Cuando en el relato solo queda la ausencia, cuando la memoria se levanta a partir del vacío, se crea un artefacto del que únicamente obtenemos mentiras.

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Crónicas del asombro

Por Jorge Díaz Bustamante


Un extraterrestre en la moneda
"inmaculada decepción"


Caminando con mi hijo por las calles del viejo puerto, encontramos en la librería Mar de libros, un ejemplar que llamó nuestra atención por su extravagante título; Un extraterrestre en la Moneda. Lo revisamos con curiosidad y continuamos nuestra ruta, hasta enfrentarnos con una vitrina que con gruesos caracteres saludaba “Hola Este”. Estábamos frente al muy magallánico kiosko Roca, versión porteña.
Una vez allí, saboreando la conocida pasta de choripán, acompañada de la tradicional leche con plátano, dimos una primera mirada que nos dejó perplejos; el autor del mencionado libro Camilo Taufic, registra fecha de nacimiento en 1938 en la ciudad de Punta Arenas.

Así nos encontramos con una recopilación de 21 historias fantásticas. Crónicas, donde el propio autor se define como “cronista de la vieja guardia”, algunas de ellas producto de su imaginación y otras absolutamente reales, basados en sus conocimientos de historia y literatura en general. Aquí se tocan los más variados temas de Chile y el mundo, sólo por dar algunos ejemplos; “El abominable hombre de las nieves es mujer”, “Reaparición tenaz del chupacabras”, “Charles Darwin contagiado en Sudamerica”, “El fin del mundo ya ocurrió cuatro veces”.

Entre estas historias destaca “El caso del pasaporte turco”, el relato da cuenta de un exiliado chileno en la década del setenta que viaja por Europa premunido de un menú obtenido de un restaurante turco europeo, “Hacia el amanecer – trabajaba por la noche - ,J.G. volvió a examinar el menú (o “El Documento”, como empezó a decirle) al llegar a su pequeño cuarto”. En el fondo se trata del pícaro chileno, que en los momentos de desesperación utiliza todo su ingenio para salir airoso de las dificultades que se le presentan. Pero J.G. Juan Gonzalez, debe pasar por una última revisión donde es sorprendido por el control policial, después de un largo debate entre ellos le dicen “Hemos decidido que, puesto que varias y muy serias policías de otros países han considerado valido su pasaporte – y aquí veo los cuños correspondientes -, nosotros no tenemos por qué dudar de la validez de este… documento”. Entonces le dan la bienvenida a Suecia.

Otra crónica muy documentada es “Moby Dick, La ballena Mapuche”, aquí Taufic se revela como un erudito conocedor del campo literario y de toda su capacidad de creativo y entretenido cronista “Todo indica que Herman Melville se inspiró en una historia real para escribir Moby Dick. En 1839, la revista neoyorquina Knickerbocker publicó el relato de un oficial de un barco ballenero de los EE.UU., Jeremiah Reynolds, sobre el increíble enfrentamiento de su tripulación con un cetáceo de tamaño descomunal y totalmente albino, “blanco como la lana”, bautizado como “Mocha Dick” por los marineros yanquis. Se la había avistado ya mucho antes en las cercanías de la Isla Mocha, en Chile, al sur del paralelo 38º, veinte millas al oeste de la costa, frente al río y actual poblado de Tírua, en la Octava Región”.

El apasionante relato de Moby-Mocha-Dick enlaza con la mitología mapuche, existe la leyenda de “Trempucalhue” revelada ya por algunos historiadores nacionales, “Cuatro ballenas llevan las almas de los mapuches que mueren hasta la Isla Mocha, desde donde parten en una balsa fúnebre hacia una ignota región situada a occidente, más allá del horizonte marino”.

Camilo Taufic Kalafatovic (1938-2012) fue periodista, docente, investigador y consultor en comunicaciones, con una activa experiencia internacional. Profesor expulsado de la Universidad de Chile tras el golpe militar en 1973. Taufic, enseñó periodismo en Venezuela y Argentina. De regreso a Chile, dictó cursos y seminarios de periodismo en las universidades Academia de Humanismo Cristiano y ARCIS.

“Un extraterrestre en la moneda” se nos revela como un libro de crónicas extraordinario en su elaboración y contenido, presentándonos a un nuevo autor de las letras australes, uno de nuestros más importantes y secretos cronistas.

Valparaíso, septiembre 2017

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"Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos"

Por Marino Muñoz Agüero


Está considerado uno de los escritores chilenos más importantes de la actualidad.
"inmaculada decepción"


Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) está considerado uno de los escritores chilenos más importantes de la actualidad, contándonos lo suyo o imaginando tramas (según el prisma de cada lector) despliega todo su potencial narrativo, mediante modernas técnicas de escritura, un acabado manejo del idioma y una depurada construcción psicológica de los personajes. En "Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos" lo tenemos de vuelta con su rebeldía y esa coherencia de discurso visible desde sus primigenias creaciones; la búsqueda permanente de distintas verdades y explicaciones en planos diversos de la existencia propia y ajena.

En este libro por primera vez el narrador, a diferencia de otros textos de Mihovilovich, tiene nombre y apellido: Iván Aldrich en primera persona singular y sin interlocutor trata directamente con el lector por medio de 26 relatos, cada uno con su título y que nos proporcionan la información necesaria para deducir cierta regularidad cronológica en ellos, aun cuando pueden ser perfectamente independientes entre sí. Los relatos combinan sueños de este narrador-personaje, con la exposición paralela de su existencia. Al momento de la narración, el protagonista maneja información futura de sueños y situaciones descritas, lo que le permite saltar en el tiempo, anticiparse, adelantar hechos posteriores, como por ejemplo, que será un escritor.

Aldrich señala en el primer relato que “suele identificarse con una especie de sueño inconcluso”, o que hay nítidas imágenes que le permiten deducir “ser el fragmento de una filmación esencial de Stanley Kubrick”, el reconocido cineasta neoyorquino (nos arriesgamos a pensar que esa filmación es “2001, Odisea en el espacio”). Sueña entonces que está en el espacio sideral, y puede elegir nacer o no, (porque la vida es una ilusión como le diría un amigo) e incluso determinar su estirpe y lugar de llegada al mundo, en este caso Punta Arenas (se deduce a partir de las referencias al Estrecho de Magallanes y al Río de las Minas). Todo ello desde antes que se aloje en un espermatozoide, es decir, existe antes de su propia vida, sabiendo de antemano que arriba a un mundo indeseable. Sólo a través de información indirecta entregada en el séptimo relato intitulado “Pietro Altona”, podemos deducir que Aldrich nació alrededor de 1950.

En “Espejismos…”, aparecen aquellas cosas que no sería de buen gusto compartir con un interlocutor tomando agua mineral, como por ejemplo en “Grados de referencia” (Lom, 2011).

Iván Aldrich continúa la búsqueda de respuestas emprendida por esos otros protagonistas-narradores de Mihovilovic, a través de estos sueños-relatos en los que desfilan personajes y situaciones, en una correa sin fin: la familia y su psicosis, los compañeros de escuela y los episodios de maltratos y burlas, los primeros amores y los encuentros sexuales, por ejemplo. Lo anterior atravesado por constantes dualidades: vida y muerte, placer y dolor y otras.

No obstante, lo execrable de cada tramo de su existencia y la presencia permanente de símbolos o personajes asociados a la muerte, prima siempre en el protagonista el deseo de vivir.

El texto en su conjunto deja un vacío entre los catorce años del protagonista (edad hasta la cual se sitúa en la ciudad de Punta Arenas) y el año 1997, poco antes de iniciar su carrera de Juez en el centro del país. Sólo hay referencias indirectas y marginales a los periodos intermedios, nos queda la interrogante: ¿No sueña Aldrich con su juventud, su temprana adultez o con la dictadura que se impuso en Chile? ¿O Aldrich no existió en ese periodo? ¿O el horror o el temor no le permitieron vivir, sobrevivir o soñar?

“Espejismos…”, son relatos-fragmentos-sueños que intentan aplacar angustias, neutralizar obsesiones, aclarar dudas, creemos que en ellos, el narrador-personaje no encuentra la salida. La luz (tan buscada) lo enceguece en el sueño inicial cuando llega al mundo y en el penúltimo sueño cuando va tras un gurú brasileño (la última de las búsquedas espirituales iniciadas con la lectura juvenil del ahora cuestionado y antes venerado Lobsang Rampa, la Religión, el Movimiento Focolar o la Masonería); ¿inicio o final?, fue la pregunta en ambos casos. Tampoco mejoran las cosas en el sueño final, el del escritor consagrado y su encuentro con Kubrick, cuya obra también está plagada de pistas y símbolos, éste desconoce haber realizado la “filmación esencial” gracias a la cual Aldrich, dice tener vida; ¿qué hacer ahora?, ¿soñar con otro inicio?, ¿otro ciclo?, así las cosas, entonces, ¡será hasta la próxima Aldrich!. Finalmente: ¿narrativa de ficción?, ¿autobiografía?, ¿quién podría asegurarlo?

“Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos”, Juan Mihovilovich, 145 pgs., 1ª edición.-. Simplemente Editores, 2017; Santiago de Chile.

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Huellas sobre la nieve

Por Jorge Díaz Bustamante


... un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.
"inmaculada decepción"


Chumangos es el nombre común y de cierta manera peyorativo, que se les da a los habitantes de Punta Arenas, o más bien a la persona nacida en Punta Arenas. Es también el título de un volumen de cuentos, que pertenecen al prolífico autor magallánico, Ramón Díaz Eterovic, sí el mismo de la saga del detective Heredia.

No existe una acepción correcta de la palabra chumango, de hecho existen varias versiones, como anécdota entregamos una que leímos hace mucho tiempo. Dicen que ocurrió en la estancia Oazy Harbour. Un airado capataz, de origen inglés, habría ordenado a uno de sus peones “You man go”. Al consultar a sus compañeros qué había dicho el gringo, el trabajador respondió: no sé algo así como Chumango.

Sabíamos de la existencia de este libro, sin embargo nunca lo tuvimos a la vista. No habíamos leído ningún comentario en la prensa escrita. Las noticias recibidas eran de aquellas largas conversaciones sostenidas en casa del poeta Hugo Vera Miranda, por tanto, a nuestro entender, pasaba ser uno de los tantos libros ficticios publicados por autores magallánicos, que ya deben sumar un centenar.

Por eso es que, para nosotros, fue una gran sorpresa encontrarlo en un escaparate de una pequeña librería de Puerto Natales. La amable librera entonces no debe haber entendido un carajo mis expresiones de júbilo, al encontrarme con este volumen de textos, del que para ser franco dudaba de su existencia. La alegría, para que los lectores entiendan, es como cuando ganas una difícil partida de truco, o cuando te alzas con todas las bolitas en un juego de la “hachita y cuarta”.

Ramón Díaz Eterovic, nos revela un volumen de cuentos que consta de 8 relatos, todos ambientados en la Patagonia; “En la bahía recalaban vapores que traían mercaderías europeas y se llevaban cargamentos de carne y cueros. Me gustaba ir al puerto a ver como trabajaban los estibadores. Los nombres y banderas de las embarcaciones invitaban a soñar con países lejanos, como del que llegó tu abuelo materno, con la esperanza de hacerse la América con el mentado oro de la Isla de Tierra del Fuego”.

En apretadas 100 páginas el autor nos presenta un nutrido volumen de cuentos: “El regreso”, “El minuto feliz de Largo Viñuelas”, “La última aventura”, “Costumbres familiares”, “Mi padre peinaba a lo Gardel”, “Largas noches de hospital”, “En el corazón profundo de la noche” y “Crónica roja”. Los personajes trasuntan y trascienden al paisaje magallánico; está presente el abuelo croata de siniestro pasado, el desgarbado y querible Viñuelas, “porque a pesar de su porte cercano a los dos metros y de sus brazos extensos, como los tentáculos de un pulpo”, permanecía como suplente del equipo de sus amores. Del viejo pícaro, don Gaspar, del que “se hablaba con respeto y las anécdotas que él había protagonizado siempre tenían un trasfondo de ingenio o pillería usada en buena ley”. Está también Gatica, “la voz que acaricia y asombra”, un oscuro cantante de Punta Arenas en el ocaso de su vida.

Muchas de estas narraciones estaban en el imaginario colectivo austral, eran comentarios obligados en tertulias de amigos y compañeros, que compartiendo un buen asado y un trago de vino, se despachaban un relato fronterizo entre la fantasía y realidad. “Los cuerpos de Dollenz y Valcarce nunca fueron encontrados y sobre la caja fuerte extraviada comenzaron a tejerse una serie de leyendas. Que habíamos alcanzado a dejarla en una isla, que nunca la sacamos del pueblo. Fábulas, simples fábulas…” Nos señala en “La última Aventura”. Así desarrolla una vieja historia en la zona de Última Esperanza que tiene numerosas variantes y hoy día se plasma en letras de imprenta.

Se trata de un volumen de cuentos muy cercano, historias recientes que abarcan el entorno de nuestros abuelos y nuestros padres. En el que nos vemos reflejados como en un espejo. La vida cotidiana, las tradiciones y las costumbres, como así también la tragedia, el aislamiento y la soledad son los motivos que mueven estas páginas.

Nos vamos a detener en el emotivo relato “Mi padre peinaba a lo Gardel”; “Pensar en él es recobrar cualquiera de esas noches en que regresaba del trabajo a la casa, a ese ir y venir cotidiano de quehaceres domésticos, al que entraba siempre como un viajero, como alguien que volvía de un espacio remoto del que apenas teníamos una visión borrosa, esbozada en las anécdotas que recreaba de tarde en tarde, o cuando miraba a sus hijos que iban distanciándose de las imágenes que reproducían las fotos que portaba en su billetera de añoso cuero café”. De manera casi autobiográfica Díaz Eterovic, nos cuenta los primeros afanes literarios y la importancia de la aprobación de su padre en el oficio de escribir. El viejo sin mayores expresiones, le compra una máquina de escribir y le regala un ajado volumen de cuentos de Jack London.

Luego viene el éxodo, la larga peregrinación de los magallánicos de antaño, para estudiar en otras latitudes para forjar su futuro. Las comunicaciones por carta con el terruño familiar. En esos tiempos, la palabra escrita, era el único medio de comunicación con nuestros padres, emociona entonces el adiós del joven escritor: “sus pasos dejaban huellas sobre la nieve y en el vaho de los vidrios comenzaba a escribir de aquellas cosas que nunca le dije”.

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Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano

Casas como dibujitos de techos rojos.
"inmaculada decepción"



Puerto Natales era una pequeña aldea de un estado mexicano. Con muchos bares y jinetes que circulaban con pistolas al cinto. Se veían películas mexicanas, se escuchaban rancheras y también mucha gente con sombreros. Con sombreros mexicanos. En noches tranquilas íbamos por ahí, por fuera de las casas, escuchando lo que se tejía dentro de ellas. Nos enterábamos de muchas historias, algunas se pueden contar.

Las maderas de las casas eran delgadas. Se veían circular a los trabajadores con un cordero al hombro. Mucha gente circulaba con una o más centollas rumbo a su hogar. Los mineros que iban a trabajar arriba de camiones a RíoTurbio. Casas como dibujitos de techos rojos.

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